
1er. PREMIO. Mano, de Jesús Méndez. Nació en León en Mayo de 1980. Parece, por lo tanto, que tiene 29 años. También estudió medicina; en algún momento dijo que por exclusión. Por lo demás, a Jesús nunca le gustaron demasiado las (auto)biografías, aunque dicen que luego las devora. MANO Ya sabes que me gusta cogerte de la mano, pero no como esas parejas que se bambolean unidas por la calle, sino así, con mis dos manos y en este sofá, cuando miras la televisión. Me gusta estudiarla de cerca porque la admiro de lejos, y es que a veces, cuando hablas, tus manos cobran vida propia, ¿lo sabías?, parece que esquivan el aire, y yo tengo que dejar de prestarte atención, embobado, hasta que me sorprendo siguiéndolas con la mirada, como un tonto. Es por eso que quiero estudiarlas, para así no tener que asentir luego desde tan lejos (función fáctica, eso me lo enseñaste tú, ¿recuerdas?). Afuera llueve y ya es de noche, salgo al balcón para descansar un poco; esto de escribir me es difícil, pero hago el esfuerzo porque sé que luego te gustará leerlo, a todos nos gusta que escriban sobre nosotros (además, una carta no se ruboriza, ¿verdad?). Me gustaría que lo leyeras en otra noche de lluvia, envuelta como casi siempre en esa bata con la que te acurrucas, porque sé que a veces le tienes miedo a la noche. Yo también, como a casi todo. Recuerdo ahora la vez en que te leyeron las manos. Era un sábado de noche, y a la salida de un bar una chica nos paró. Creo recordar que te dijo aquello de la línea de la vida, de tu sensibilidad y de que te enamorarías de alguien de cerca; yo me reí, nervioso. Pero recuerdo sobre todo que luego no le quisimos pagar, eso son bobadas, quién se lo cree, y entonces nos amenazó con un mal de ojo que aún espero. Y el caso es que ahora me pregunto cuánto habrán vivido tus manos, porque ya no es sólo que jueguen con el aire o que cobren vida propia, y ahora atiende: es saber también a quién habrán acariciado o pellizcado, lo que habrán escrito, a quién habrán dicho adiós, si les gusta el terciopelo o les molesta separar el algodón; saber las páginas que pasan, los regalos que ofrecen, las explicaciones que dan, las manos que sostienen. Es conocerte. Así que la próxima vez que te coja de la mano no la apartes (aunque esté fría, no lo puedo evitar: la circulación, ya sabes) porque si no tendré que escribirte otra vez para descubrir que no sé contarte nada de todo lo que quiero contarte, que te siento lejos, y que tus manos son la excusa perfecta para retenerte aquí, en este sofá, frente al televisor. |
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