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2do PREMIO. Antonio, de Marcela Terra.

Mi padre sentado en el estudio con las gafas a media nariz. Mi hermano arrebujado en el sillón. Mi hermana en la tumbona de la terraza. Los tres con un libro entre las manos, la mirada atenta, encantada, fija. En un silencio profundo de otro espacio, de otro mundo. Un mundo misterioso al que yo también quería entrar. Aprendí a leer a los tres años con un cómic chileno: Condorito. Y, aunque primero coquetee con la Pintura y luego me apasione por el Teatro, ahora voy entrando en este amor maduro y profundo que es la Literatura. Ella es el viaje, el recuerdo y la melancolía de la distancia. Escribir es mi forma de hablar, de pensar, de intentar entender la vida.

ANTONIO
Mala puta, le gritó y salió resuelto de la habitación. Ya no había nada que perder. Por eso se permitía esas licencias lingüísticas que en otro tiempo jamás habría usado. Pero ahora, ahora le era indiferente. La casa lo agobiaba. Vivía un silencio ruinoso en el que se colaban los quejidos de la calle. Si quieres intentarlo debes ir hasta el final. Se lo había repetido una y otra vez a lo largo de los años ¿Cuántos? Los mismos que no pintaba la casa o cambiaba la nevera. Hasta el final. Hasta el final. Pero cual era el final. Le parecía que el final había pasado hace mucho tiempo. Seguro que lo encontré, lo crucé y seguí de largo, se decía. Pero había sido un final tan insignificante que no había sido un final propiamente. Más bien un intermedio en el que siguió pero en un estado distinto. Durante este tiempo le pareció que su vida era sólo una prolongación de ese final. Aunque no había hecho nada. Su debate era nada. Ahora se escuchaba respirar con dificultad cuando cruzaba el pasillo, arrastrando las chanclas entre la habitación y la cocina. Llevaba la bandeja en las manos y los platos, los cubiertos y el vaso chocaban entre sí provocando un tintineo monótono y frágil a la vez. A punto de caer, como él. Las sombras estrechaban el pasillo hasta convertirlo en un túnel, donde la voz de ella, la de la mala puta, resonaba como un quejido.
La banda comenzó a tocar. Animaba cada año las fiestas del pueblo. Antonio tocaba el trombón, se sentía tan elegante en su traje blanco, amenizando con sus amigos las canciones que habían ensayado durante todo el año. Glenn Miller era su músico favorito. Y como el propio Glenn Miller cuando llegaba el tema Chatanoga Chou-Chou, se ponían de pie y llevaban el compás un, dos, tres. Un, dos, tres dirigiendo el instrumento a derecha, izquierda, arriba, abajo, al centro. Con una sonrisa triunfal que se adivinaba detrás de la boquilla. Hace unos meses había conseguido un trabajo en el ayuntamiento y podía dejar un poco de dinero en casa. Eso le daba la seguridad del adulto en el seno familiar, le permitía tener libertad y decisión, o al menos eso sentía. El hermano mayor ya tenía trabajo, un puesto para toda la vida en el ayuntamiento. Tocaba en la banda local con su traje blanco. Sólo le hacía falta encontrar el amor. Una novia con la que estar uno o dos años, casarse, comprar una casa y tener hijos. Como había hecho su padre. Como hizo su abuelo. Antonio termino el tema alargando la última nota y comenzó el tema romántico que tanto le gustaba. También de Glenn Millar, Serenata a la luz de la luna. Con las primeras notas se reordenó la pista de baile. Algunas parejas se dispersaron y fueron a buscar refrescos. Otras se juntaron para hacer aquella mínima declaración de amor al ritmo de la música. La noche tenía luna, especial para una serenata. Las luces de colores con las que adornaron la plaza hacían del lugar un pequeño cielo de frutas y gominotas. A lo lejos un grupo de chicas mirando a los de la banda. Empujándose y riendo. Por un momento a Antonio le pareció que hablaban de él. Sintió que se sonrojaba. Pero no, seguro que no era a él. Se cruzaron su madre y su hermano pequeño intentando torpes pasos de baile. Pasaron. Ella. Ella sola mirando fijo. Ella sola frente a él. Ella con su sonrisa dibujada en medio de los otros. Ella y su sonrisa eran únicas. Sintió que su mirada era un refugio cálido. Correr hacia ella sería tan fácil. Estaba ahí llamándolo. Estaba seguro de que era ella y de que lo había estado esperando toda la vida. Estás ahí, le gritó con el pensamiento ¿Vienes por mí?, preguntó aún con más fuerza. La sonrisa de ella le respondió que sí, que lo esperaría.
Sintió un quejido fuerte, muy fuerte rompiendo las sombras del pasillo. Ya voy, respondió aunque sabía que no le oiría. El papel mural amarillo y despegado, las paredes sucias, absorberían su voz para convertirla en polvo y telarañas como todo en esa casa. Otro quejido aún más fuerte. Antonio soltó la bandeja que fue a dar contra el suelo, los vidrios se desperdigaron por las baldosas. Se agacho a recogerlos con dificultad y se cortó la mano, que empezó a sangrar copiosamente. Cayeron un par de lágrimas, ajenas a sus ojos azules. Otro quejido. Hasta el final. Hasta el final. Si quieres intentarlo debes ir hasta el final. Se levantó, puso la mano en el lavaplatos y dejó correr el agua hasta que el rojo se hizo más claro, transparente. Se ató con un pañuelo, él siempre los usó de tela. Avanzó por el pasillo plagado de sombras y cruzó hasta el salón. Había en él un enorme cojín de plumas que su madre le regaló poco después de la boda. Cuando compraron el piso. Estaba ahí desde hacia tantos años. La raíz de las plumas asomaba por las esquinas. Lo miró y lo encontró tan viejo como él, descuidado, sucio. El quejido de ahora lo escuchó más cercano. Tanto que le dio miedo. Tomó el cojín y cruzó con sus chanclas el oscuro pasillo lleno de sombras. En la puerta se detuvo. Ella estaba ahí con sus quejidos, mala puta le dijo. Prometiste que nunca me dejarías. Pero ella no le recocía, no hablaba, no miraba, ni rastro de su sonrisa. Antonio inspiró profundo y entró en la habitación llevando el cojín de plumas.
 
 
     
 

 

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